Mahoma, el Profeta
| Unidad 3: Contenido: El cristianismo en la conformación cultural y religiosa de Europa Fuente: Revista El mundo medieval (http://www.elmundomedieval.com) Nº 15, Agosto 2003 |
DOCUMENTO
En el año 570 d.C., unas señales anunciaron el nacimiento de Mahoma, el profeta de la fe islámica que iba a unir a las tribus árabes bajo un mismo credo.
El año 570 d.C. es recordado en los documentos árabes como el año del Elefante: el rey cristiano Abraham, del reino himayrita del sur de Arabia, llegó a las puertas de
El hecho de que los textos árabes se refieran a menudo a sus ascendientes se debe a que en
El clan de Hashim
Mahoma nació en la tribu de los quraysíes, los “Pequeños escualos”, que incluía una decena de clanes. Entre ellos, el más conocido era precisamente el suyo, el extenso clan de los Hashimí, cuyos descendientes más notables son los soberanos del actual reino hachemita de Jordania.
Ya de mayor se mostró orgulloso de su origen: “Alá me ha hecho nacer en la mejor de las dos mitades de
La Piedra Negra
Un gentío bullicioso se aglomeraba en torno al haram, el lugar “prohibido” por excelencia, donde se gozaba del derecho de asilo para hombres y animales.
Aquí, alrededor de la sagrada construcción cúbica, construida por orden de Adán y reconstruida por Abraham y su hijo Ismael, el pequeño Mahoma vio realizar las circunvalaciones rituales, el tawaf. Desde la casa de su estimado abuelo podía contemplar a los millares de peregrinos que tocaban y adoraban
La “razzia”
En torno a la ciudad de Mahoma se extiende una península cuya extensión es equivalente a un tercio de Europa, delimitada por el golfo Pérsico y el mar Rojo. La mayor parte del territorio es desértico y a través de él ha sido constante el paso de los beduinos a lomos de sus dromedarios, que ofrecen su carne y su leche a los hombres, y los transportan por toda la península arábiga.
Los nómadas iban de un oasis a otro en busca de dátiles, de escasos pastos para sus cabras y dromedarios, y de ghazwa, razzias, una lucrativa institución de la vida nómada que procuraba monedas de plata y oro. Según un uso codificado, durante la ghazwa había que evitar el asesinato, puesto que ello conllevaba la venganza, tha’r, y sumía a los clanes enemistados en un conflicto sin fin.
Las gentes de Arabia pertenecen a la rama occidental de los semitas —descendientes del mítico Sem bíblico—, que se establecieron en Aram, en Asiria, en Babilonia, en la tierra de Canaán y en Fenicia. De los pueblos semitas nacieron las tres grandes religiones monoteístas del Mediterráneo: judaísmo, cristianismo e islamismo.
Esta península no era una tierra aislada y desconocida. Reyes babilonios como Nabonedo habían pasado allí temporadas, y Plinio cita ciudades como Arethusa, Larisa o Calcis, ricas colonias griegas fundadas al sur de la península.
Árabes fueron los emperadores romanos Heliogábalo, sacerdote de
La primacía de La Meca
Las wadi, sendas recorridas por los nómadas, eran antiquísimos lechos de ríos desaparecidos que permitían viajar con la certeza de no perderse. El más importante de ellos, al menos para los habitantes de
Fue de este modo que
Peregrinación a la Kaaba
Desde la tranquila casa del abuelo, a pocos metros de
En esta variopinta sociedad, los más admirados eran los poetas, quienes, durante los samar, es decir, después de la cena, narraban historias épicas, de amor y de muerte. No faltaban, en ese fascinante mundo que era
En
Luz y fuego con la llegada del Profeta
Poco se conoce acerca de la infancia de Mahoma, y los datos transmitidos por la tradición a menudo se confunden con lo legendario.
Así, el nacimiento del profeta estuvo acompañado de los clásicos signos milagrosos. Por una parte, la madre, Amina, que no sufrió durante la gestación, tras oír voces misteriosas que le hablaban de la naturaleza excepcional de su futuro hijo, se cubrió de amuletos y de cadenas de hierro que, milagrosamente, se rompieron por sí solas.
Además, Amina dio a luz siendo virgen y, al aparecer el Profeta, una gran luz iluminó el mundo desde Oriente a Occidente, hasta el punto que ello le permitió ver los castillos de Damasco y los camellos de Bosra, en Siria. Contrariamente a estos hechos, el sagrado fuego custodiado desde hacía miles de años por los Magos, los seguidores de Zoroastro, se apagó.
Con cuatro años, durante su etapa en el desierto, tuvo lugar el misterio de la iniciación de Mahoma, que quedó reflejado en los versículos coránicos de la azora de
El período de la duda
Después de la muerte de la madre, ocurrida cuando apenas él tenía seis años, y su época de aprendizaje junto a su tío Abu Talib, el primer hecho decisivo en la vida de Mahoma fue la vivencia de su matrimonio con Jadiya, una rica viuda mayor que él.
Estos años transcurrieron sin problemas económicos y significaron una creciente e íntima inquietud religiosa, que obviamente escapa a toda explicación histórica. Fue entonces cuando Mahoma comenzó sus retiros espirituales a una caverna de la colina de al-Hira, algunos kilómetros al noroeste de
La religión árabe
En Arabia, la religión dominante en aquella época era el politeísmo, cuyas divinidades principales, al menos en la región de
La primera, al-Lat, “
Al-‘Uzzà, “
La última, Manat, genéricamente “
Estas tres divinidades eran llamadas banat Allah, “hijas de Dios”, lo que subrayaría la creencia en la existencia de un Dios supremo.
Las hijas de Dios
La primacía de un dios sobre las restantes divinidades ya estaba presente en los antiguos poetas preislámicos, que hablaban a menudo de Alá, derivado de la forma árabe al-ilah o del arameo alaha, “Dios” por antonomasia.
No resulta fácil deducir cuál era la relación entre estas diosas y Alá, y, aunque el Corán parece referirse a ellas como “hijas” —“Le han fabricado hijos e hijas sin saber”, azora VI, 100; “Y a Dios atribuyen hijas”, azora XVI, 57—, éstas podrían ser consideradas como seres divinos de carácter femenino.
El Corán presenta a esta divinidad preislámica como un supremo creador venerado desde hacía tiempo. En
Una babel de creencias
El panteón del santuario de
Mahoma entró en contacto con las otras religiones monoteístas, quizá durante sus viajes o, sobre todo, durante las ferias, verdaderas “universidades populares” que frecuentó en su etapa de ‘umr, la “vida de hombre”, que precedió a
Mahoma creció en este contexto religioso de marcado carácter monoteísta, tan rico en corrientes religiosas no ortodoxas, de leyendas en torno a la vida de Jesús y de
Para completar este resumen del contexto religioso del Hijaz es necesario referirse a los hunafa (singular, hanif) que, al margen de las religiones descritas anteriormente, buscaban una alternativa a las religiones monoteístas más extendidas, es decir, el judaísmo y el cristianismo. Un hanif destacado fue Waraqa ibn Newfal, primo de Jadiya, mujer del Profeta, y hunafa pueden considerarse Khalid ibn Sinan, Hanzala ibn Safwan y, sobre todo, Musaylimah, quien, hacia 631 envió una carta a Mahoma encabezándola así: “De Musaylimah, el Mensajero de Dios, a Mahoma, el Mensajero de Dios”. A lo que éste respondió: “De Mahoma, el Mensajero de Dios, a Musaylimah, el mentiroso. La paz sea con aquel que sigue la justa dirección”.
El libro y la espada
Esta proliferación de hunafa y profetas no debe sorprender, pues parece ser la expresión espiritual de los cambios que se intuían en Arabia. La misma expansión islámica, que tuvo lugar, principalmente, después de la muerte de Mahoma, no fue improvisada, ni estuvo solamente determinada por un presunto fanatismo, por conversiones masivas o por la audacia militar.
Lo que se difundió, con la ayuda de la espada y el Corán, en el siglo VII, no fue sólo la religión del Islam, sino la soberanía política de los árabes: fue la última de las grandes migraciones de un pueblo semita. Desde hacía siglos, en un estado de confusa agitación, tribus beduinas comenzaban a adentrarse en territorios persas y bizantinos, y se encontraron con otros pueblos semitas asentados en esas regiones desde hacía tiempo, como los descendientes de los arameos.
Los territorios árabes eran objeto de disputa entre las grandes potencias de la época, que utilizaban los enfrentamientos entre clanes en su provecho. Los sasánida elevaron al jefe de una tribu del desierto, los lakhmidas, a rey de un estado vasallo que llevó a cabo una “guerrilla” contra los romanos. Y los bizantinos, por su parte, apoyaron a la tribu de los ghasánidas a cambio de ayuda militar.
Uno de los cometidos de estas dos tribus era hacer de filtro a las incursiones beduinas procedentes del sur, pero, de hecho, el valor de estos dos pequeños grupos fue muy relevante: por un lado, transmitieron a sus compatriotas del sur importantes elementos culturales, materiales y espirituales de las potencias de la zona; y, por otro, se convirtieron en un modelo para los emiratos en los que se dividiría posteriormente la comunidad musulmana después de Mahoma.
Los beduinos y el eunuco
Dentro de este contexto, se podría interpretar la expansión árabe como la fase final de un largo proceso en el que el Islam fue el nexo de unión entre los árabes, creando una organización política que tuvo una importancia histórica diferente a la de otros estados árabes anteriores. Sin embargo, tal vez la expansión árabe habría sido políticamente posible incluso sin el Corán.
Los mismos bizantinos despreciaban el peligro que representaban los árabes, quienes, a principios del siglo VII, ya eran una amenaza para las fronteras meridionales. En
En esta agitada y confusa época, Mahoma creció entre ayunos y tahannuth. Durante estos retiros, el futuro profeta probablemente buscó un camino, una vía de salida a su conflicto interior.
La idea de seguir la fe paterna resultaba atrayente, la costumbre lo ligaba con el politeísmo: un antiguo libro, El libro de los ídolos, de Hisam ibn Muhammad ibn al-Kalbi, explica que el joven Profeta había participado junto con su tío en una ceremonia religiosa en honor a al-‘Uzzà, diosa a la que habría sacrificado una oveja. Pero un sentimiento monoteísta más profundo e impetuoso lo impulsaba a nuevos caminos, hacia la recuperación de la fe en Alá que las gentes del desierto estaban olvidando.
El sufrimiento personal debía de haber llegado a un nivel insoportable cuando, a la edad de cuarenta años (un número de gran simbolismo entre los semitas), se le apareció el arcángel Gabriel, quien le ordenó: “En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso. ¡Predica en el nombre de tu Señor, que te ha creado! Ha creado el hombre a partir de un coágulo de sangre ¡Predica! Porque tu Señor es Generoso...”. Así comienza la azora Del coágulo de sangre (XCVI), la primera que fue revelada a Mahoma. Aterrorizado y solo en aquellos desolados parajes, cedió a su primer impulso y huyó. De camino a casa, escuchó de nuevo una voz: “Oh Mahoma, tú eres el mensajero de Dios y yo soy Gabriel”. Ésa fue la “noche del Poder”, el inicio de la misión del Profeta. Las dudas le asaltaban: ¿era la voz de uno de los seres fantásticos que habitaban el desierto, los ginn? ¿Le había hablado un demonio? ¿Se había convertido en uno de tantos magos, sahir, que proliferaban en
En casa, Jadiya lo tranquilizó al creer todo lo que explicaba. Además, hizo llamar a su primo Waraqa, hanif experto en cuestiones de religión. Éste le escuchó atentamente, reflexionó durante largo tiempo y concluyó que la terrible experiencia de Mahoma era propia de un profeta. Las visiones y las dudas continuaron, pero poco a poco Mahoma se fue habituando y ganando confianza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario